Publicada originalmente en 1813, Orgullo y prejuicio es una de las obras maestras de la literatura inglesa de todos los tiempos. A lo largo de una trama que discurre con la precisión de un mecanismo de relojería, Jane Austen perfila una galería de personajes que conforman un perfecto y sutil retrato de época: las peripecias de una dama empeñada en casar a sus hijas con el mejor partido de la región, los vaivenes sentimentales de las hermanas, el oportunismo de un clérigo adulador... El trazado de los caracteres y el análisis de las relaciones humanas sometidas a un rígido código de costumbres, elementos esenciales en la narrativa de la autora, alcanzan en esta novela de maestría insuperable.
Esta novela es tan conocida y se
ha hablado tanto de ella que, seguro, no es necesaria mayor presentación.
Así pues, más que una opinión
personal de «Orgullo y prejuicio» tomaros esta entrada como una forma descarada
para recomendaros, si no lo habéis hecho, leer esta novela.
Soy una enamorada de esta
historia, me encanta Jane Austen, aunque reconozco que no todas sus obras
me han gustado por igual. No sé qué tiene esta obra, que cada vez que la leo −
y contad que son muchas ya las lecturas que llevo y otras tantas las veces que
he visto su adaptación de la BBC − que sigue gustándome como la primera vez,
consigue arrancarme más de una carcajada con esa ironía y ese sarcasmo que
salpican todas sus páginas, esos personajes llevados al extremo de rozar lo
esperpéntico y esa critica social que apunta como una flecha dando de pleno en
la diana.
Quizás su mayor mérito es que el
paso de los años no ha mermado su actualidad y, aunque no voy a engañaros
diciendo que Mr. Darcy no consiguió enamorarme la primera vez que la leí, fue
el personaje de Elizabeth, quien lleva en todo momento el peso de la trama, el
que realmente consiguió llamarme la atención.
Mujer moderna y de carácter,
posiblemente tan enfrentada contra las normas sociales como le era permitido y,
desde luego, con el acérrimo propósito de no dejarse vencer por imposiciones
que no consideraba necesarias.
Me divierten muchísimo sus
afilados comentarios, la forma sutil que tiene de revelarse contra la
superioridad y el orgullo del frío Darcy, quien, mal que le pese, tarda mucho
menos que ella en caer en sus redes.
Aunque ahora la leamos como una
novela histórica, fue escrita como una novela contemporánea y Austen
se demuestra como una gran conocedora y perfecta analista del comportamiento de
sus semejantes. Un conjunto de personajes que representan de forma clara,
sencilla y muy concisa grandes caricaturas de lo que, seguramente, eran tópicos
de su tiempo.
No nos engañemos, no estamos ante una novela romántica, pese a que el matrimonio es uno de los temas principales en torno al
que gira la historia y seguramente es la más conocida de la autora por el buen tandem que forman Darcy y Elizabeth. Nada sorprendente ya que la autora plasma una de las grandes preocupaciones de las féminas de su tiempo: su porvenir, y pocas opciones reales tenía la mujer en aquellos tiempos. Aquí encontramos un claro reflejo y se pueden apreciar distintos tipos de relaciones.
No sabemos si detrás de Darcy se
esconde el ideal de hombre de la autora. Aquí, hago un alto para admitir que
para mí se asemeja mucho a los protagonistas que me gusta encontrar en las
novelas que leo. Siempre digo que mis personajes favoritos son los duques
estirados y snobs que esconde un gran corazón
y, aunque Darcy no es noble, su posición económica le aporta ese mismo
estilo de vida. Y, si os fijáis, muchas de las novelas que me gustan, mucho; incluyen en su desarrollo un esquema similar al romance que aquí protagonizan
Darcy y Lizzy, cuyo mensaje más importante es que está basado en el respeto, en
la influencia en el crecimiento personal que ha tenido el conocerse mutuamente y
en la igualdad en la pareja, algo que en la época no sería muy usual
Soy incapaz de transmitir lo
mucho que me gusta esta obra, y espero que las que no hayáis conocido más que
las adaptaciones cinematográficas os decidáis a leer la historia de las
palabras de la propia autora. Hay adaptaciones muy buenas, e incluso, bastante
fieles, pero nada como esos matices y esos pensamientos que se pierden en lo
visual y que tan solo con la pluma se pueden describir.
Su lenguaje, aunque muy pulido,
no resulta nada denso de leer ya que es una novela donde la ironía aporta en
todo momento una chispa de diversión. Son muchos los diálogos o las
conversaciones que se detallan, por lo tanto, el ritmo de lectura, en mi
opinión, es mucho más ágil de lo que se pueda pensar al saber que estamos ante
una novela escrita en el siglo diecinueve.
Está clara mi imparcialidad y espero que, si no lo habéis hecho, le deis una oportunidad a una de las grandes autoras de la literatura inglesa. He leído todas sus obras, y esta es mi favorita, contádme, si os apetece, cual es la vuestra.
Pepa

